Héroes Anónimos

Por Rolando Peart

En un mundo tan globalizado y tan veloz nos resulta casi imposible poner pausa a nuestros planes, detener, aunque sea por unos instantes, proyectos y preocupaciones, para levantar la mirada observando a los que nos rodean y detectar si hay algo que podamos hacer para ayudarlas. Sabemos que el aquí y el ahora han perdido un total significado. Muchas veces hacemos demasiadas cosas al mismo tiempo y ninguna de ellas la realizamos completamente enfocados o comprometidos. Esto es porque la sociedad en la que vivimos actualmente nos exige cada día más, cada día más rápido, cada vez mejor y con menos humanidad.

Ves a una persona al lado de nosotros, en su mundo, cuando levanta la mirada intenta conectarla contigo, pidiéndote con los ojos que la ayudes, que la salves del aprieto en que se encuentra. Este ser humano, puede ser tu colega del trabajo, tu vecino, un indigente, tu mejor amiga o incluso tu hijo.

Mi abuelo, uno de los fundadores del Tecnológico de Saltillo, era muy conocido por su entrega a los demás, una cualidad, que estamos perdiendo con el paso del tiempo. Recuerdo, que siempre nos platicaba de cuando iba a los reclusorios, cómo charlaba con hombres y mujeres que habían hecho algo mal en su vida y que estaban ahí, encerrados. Le gustaba ir a platicar con ellos, a dejar alguna semilla de bondad en sus corazones, pero también les enseñaba cómo emprender algún proyecto que pudiera ayudarles a conseguir recursos económicos para subsistir. No había semana del año que no asistiera, ni recluso o reclusa que él no conociera en persona, y cuando llegó el momento, muchos de ellos le mostraron lo agradecidos que estaban con él.

Este valor, el de la generosidad, lo transmitió a sus cinco hijos y tres hijas. Los ocho hermanos fueron y son conocidos también por ayudar siempre al prójimo y por transmitir, con el ejemplo, el valor de compartir y de ser solidarios.

El valor de ayudar

Mi padre aprendió mucho de mi abuelo y, aunque su vida fue corta, hizo muchas cosas que me hacen sentir muy orgulloso de ser su hijo. Una de ellas es que siempre ayudaba a todos, conocidos o no, y de la forma que fuera posible. Cualquiera podría decir que mi abuelo y mi padre tenían en común que siempre se ocupaban de que si una persona necesitaba apoyo, lo recibiera. Esa es una de las cosas que más recuerdo de sus pláticas: ayudar a quien lo necesite. Hoy, después de ya casi 13 años de la última charla que tuve con él, recuerdo lo último que me dijo: “Cuida y ayuda a tu mamá y a tu hermana”.

Hemos aprendido que no ayudar está bien, es normal no interesarnos por los demás, porque tenemos que vivir nuestra propia vida, pensar en nosotros primero, para forjarnos y tener carácter, aprender de nuestros errores. En todas partes nos repiten que levantarse y caerse tantas veces sea necesario es clave para que seamos independientes y podamos cuidar nuestros intereses. ¿Cuántas veces no hemos deseado que ante un problema exista una mano que nos saque adelante? Cuando estamos atravesando un bache, una necesidad, nos gustaría saber que hay una red en la que, si cayéramos ésta, pudiera detener la caída, y nosotros seguir adelante.

¿Recuerdas alguna experiencia en la que apareció un héroe para ayudarte justo cuando más lo necesitabas? ¿Y que después de ayudarte simplemente desapareció y jamás volviste a saber de el? Lo sé, es casi mágico, y sé también que no solamente lo has vivido una vez, si no muchas veces. Ellos son los héroes anónimos. Nos ayudan en cosas tan básicas que a veces ni siquiera los notamos como poner las bolsas de la despensa en el coche, darnos el paso en un semáforo, encontrar a nuestros hijos en un mercado o regresarnos nuestra bolsa extraviada.

Ten presente que quizá, sólo tú tienes la llave que le abre la puerta a otros, que los salva. Y ese será el momento en que quizá tú seas un héroe anónimo para alguien más.

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