En el día de un padre ausente

Por Liliana Contreras Reyes

Hoy, cerca del día del padre, les escribo como hija. No como mamá, ni como mujer, ni como profesionista. Aunque es cierto que a nuestra generación nos ha tocado vivir una paternidad transformada, en mi memoria hay recuerdos borrosos de mi niñez que, indudablemente, han marcado quién soy en este momento y que denotan la forma en que en aquellos años –y en mi familia- se asumían los roles de papá y mamá: la presencia ausente de un padre y la omnipresencia de una mamá que rellenaba los huecos. Lo escribo desde el corazón y lo comparto, esperando que estas palabras les sean tan significativas, como lo son para mí.

En el día de un padre ausente

 

Tienes una deuda conmigo, padre.

 No esperaste a que creciera lo suficiente mi cabellera, para utilizarla como el puente hacia mi destino.

 Llenaste mis bolsillos con polvo lunar, que el viento me arrebato a golpes en la primera estación del año.

 Olvidaste doblar la esquina de la página, del último libro que fingiste leer e inventaste un final, que callara mi imaginación. Fue tu presencia intermitente la que generó mi constante incertidumbre.

 Siguen aquí las huellas de tus pasos apresurados por salir corriendo; siguen sobre las cenizas volátiles del ratón que arriesgó su vida por dejar, a tus espaldas, una moneda bajo mis sueños, cuando se cayó mi primer diente.

 No fue difícil seguirte a tientas: sólo cubrí mis ojos con la palma de la mano y caminé guiándome por el sonido de la duela. Y llegué, llegué a la blanca cumbre, a los días sin sueños, a las largas noches sin dormir, a la interminable jornada de trabajo, sin encontrarte.

Y ahora que estoy aquí, volteando y buscándote la mirada, sólo puedo decirte que tienes una deuda pendiente. Continúo encerrada en la torre inaccesible, que llamaste realidad emancipada. Viviendo segura, pero sintiéndome siempre desprotegida.  

Ahora, vuelves queriendo borrar las líneas de mi cara, queriendo enderezar mi espalda, esperando recordar una historia a la que cada vez le modificaste el final; vuelves y buscas la página doblada, el dorado cepillo que alargue las horas, una moneda bajo la almohada que quite tu sed de ficticios recuerdos.

Un castillo, una torre, un dragón; un camino, un salvador, una guía.  

Te dejo la brillante espada que abre el horizonte: la reconciliación. Una reconciliación que vivo día a día en mi propia madurez y maternidad.

Abre el libro en la primera página. No busques más y escucha cómo manan de mis brazos tus palabras.

Somos quienes somos por nuestra historia. Estas palabras no serían las mismas si mi vida hubiera llevado un rumbo distinto. Y, lo más importante, seguimos con la pluma en la mano, agregando líneas a nuestro texto.

 

¡Feliz día del padre! A mi papá, al padre de mis hijos, a los papás de mis niños. Su presencia en el corazón de un hijo, es invaluable.

Liliana Contreras

Trabajadora y estudiante eterna de la neuropsicología infantil. Coordinadora del Centro de Atención a Niños con Necesidades Educativas Especiales, escribe para no olvidar y es parte de Matatena de Saltillo, A. C. coordinando el proyecto Las mamás también queremos trabajar.

DEJA UN COMENTARIO

LECTURAS RELACIONADAS