¡HARTA!

Por Dona Wiseman

Hemos invertido mucho tiempo y hecho mucho esfuerzo para enseñar a las mujeres que su “no” vale y también nos hemos gastado en el intento de enseñar a los hombres a aceptar ese “no”.  Inculcamos el “no” en niños para evitar abusos, e incluso les enseñamos a decirles “no” a los besos de las tías mayores encimosas.  Reporteros dicen “sí” o “no” a sobornos.  Aceptamos o no el último trago o la tercera rebanada de pastel.  Nos cargamos de más trabajo o soltamos.  Decidimos comprar una cosa y no comprar tantas otras.  Evitamos a personas y situaciones que nos ponen incómodas y buscamos la compañía de las personas afines.  Hemos hablado de y tratado el tema de límites y de decisiones sobre nuestras vidas a pesar de que esas decisiones puedan ir en contra de lo que parece que otra persona, a veces muy cercana, quiere.  Hemos luchado con nuestros “no” y “sí” de manera encarnecida.  Hemos comprado a precio muy alto la opción de responder, de asentir y de negar.  A veces aún nos gana el impulso de “quedar bien” o de ser “contreras” y perdemos la libertad ante nuestros propios impulsos.  Nos enfrentamos a la familia y las amistades que cuestionan nuestras respuestas, por sus propios impulsos y razones.  Parece que sigue siendo difícil tanto decir “no” como recibir un “no”.  Esa pequeña palabra, con su contenido tan variado, provoca muchas reacciones.  Decir y sostener un “no” se vuelve más difícil cuando personas cercanas cuestionan y piden explicaciones.  Ante un “no” puede surgir una letanía que incluye: ¿Por qué no?  ¡Ándale, di que sí!  ¿Y si ajustamos las fechas? ¿Qué tiene de malo?  ¿Y si yo sí quiero? ¡Vamos!  ¡Para eso estamos, anda!  ¡Aprovecha! ¿Cómo que no te gusta?  ¡Es divertido! ¡Te va a gustar!  En esas ocasiones a veces es más fácil decir “sí” que aclarar el “no”.  A veces “no” significa “no quiero” y quizás no exista una razón que podamos especificar, o cuando menos no una razón que parece aceptable o comprensible para otros.  Es posible que digamos “no” por alguna inseguridad o por pena.  A veces decimos “sí” por las mismas razones.  No está mal.  Anoche justo me di cuenta de que un “no” puede sorprender a otros y ser algo bastante inaceptable. 

A muchas personas nos cuesta decir “no”.  Pasan cosas internamente y al exterior cuando usamos esa palabra tan sencilla.  Yo me he sentido en ocasiones violentada cuando digo “no” y la gente presente no acepta.  Estoy consciente de que cuando digo “no” lo digo de manera muy tajante.  ¿Cómo no decirlo así cuando he pasado una vida entera aprendiendo a decirlo a pesar de la sensación de que no está bien decir que “no” cuando los demás quieren un “sí”?  Para sostener mi “no” he tenido que aprender a simplemente decirlo y no dar lugar a discusión.  Quizás somos muchos a quienes se nos dificulta explicar nuestras razones, o quienes no queremos compartir razones personales por nuestras respuestas y decisiones.  Claro que es válido que los demás intenten convencer, que quiera alguien que le acompañe en un evento, en una actitud, en una actividad, en un viaje.  Las decisiones de mi vida seguirán siendo mías.  Cuesta mucho trabajo de vida saber lo que queremos y lo que no queremos.  Cuesta otro tanto responder ante la vida de acuerdo con ello.  Cuesta otro esfuerzo aún sostenernos en nuestras respuestas.  Quisiera que fuera más fácil…

Dona Wiseman

Psicoterapeuta, poeta, traductora y actriz. Maestra de inglés por casualidad del destino. Poeta como resultado del proceso personal que libera al ser. Madre de 4, abuela de 5. La vida sigue.

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