UN CUARTO SOLO PARA MÍ

Por LIliana Contreras

Hace noventa años, Virginia Wolf publicó su ensayo Una habitación propia. En éste, hace un análisis de la mujer dentro de la literatura. A través de personajes ficticios (y no tanto), demanda que una mujer dedicada a las letras, necesita: 1) una habitación propia; 2) quinientas libras al año (creo que serían como 860 mil pesos, en la actualidad); y, 3) dejarla escribir lo que quiere decir y omitir la mitad de lo que dice. El resultado sería un buen libro.

Ahora, analicemos sus demandas, porque, noventa años después, creo que no ha cambiado la situación de manera significativa.

Una habitación propia. Como mujer mexicana, no es habitual que pida un espacio personal. Con hijos, hasta el espacio vital está en riesgo. En lo personal, en varias ocasiones me ha pasado que mi familia o en el trabajo no comprenden mi necesidad de estar sola. Lo logro quedándome en casa, cuando mis hijos están en la escuela. A veces, no sé si leer, escribir, bordar, dormir o ver la televisión. Haga lo que haga, aparece un resquicio de culpa, por no haberle avanzado a la comida, por no tener una lavadora puesta o por no estar trabajando formalmente.

Quinientas libras al año. Convirtámoslas a un ingreso que consideren apropiado, porque, al menos yo, no gano setenta y tantos mil pesos al mes. Lo importante de este dato es contar con un ingreso económico para nosotras, que nos dé la libertad de decidir, no dependiendo de otro, ya sea esposo, papás o hijos. La forma en la que actualmente podemos acceder a un ingreso de estas características es trabajando. Que hay desigualdad en el sueldo que recibe una mujer por el mismo trabajo que realiza un hombre, es un hecho. No hablemos de las oportunidades por puestos en niveles altos o que, para salir a trabajar, las mujeres debemos dejar la ropa lavada y la comida hecha. Es decir, no siempre el dinero nos garantiza la posibilidad de crear, porque hay todo un estereotipo que nos limita interna o externamente.

Escribir lo que queremos decir y omitir la mitad de lo que decimos. Trabajar en lo que nos dicte nuestra vocación. Mujeres ingenieras, pilotos, arquitectas, policías, pintora o bailarina. Tener el derecho de elegir y de expresar lo que pensamos, ya sea de manera verbal, escrita; a través de una obra de arte o de nuestra forma de resolver las cosas que nos ocurre en el día al día. Digamos que hemos avanzado en cierta forma, porque, cada vez hay más mujeres en áreas profesionales en las que antes ni soñábamos. Sin embargo, quienes se desempeñan diariamente en actividades consideradas “masculinas”, se enfrentan a la discriminación, el acoso, las burlas y demandas fuera de lo que implica determinado puesto.

Noventa años en los que hemos avanzado tanto en ciencia, tecnología, comunicación, pero que no podemos romper con las limitaciones que mantienen la desigualdad entre hombres y mujeres. A pesar de ello, me queda una idea muy clara en mente, por la cual vale la pena enforzarse:

Mi habitación propia soy yo.

Mi habitación propia es ser lo que soy.

Mi habitación propia es hacer lo que necesito hacer.

Mi habitación propia es amar a quien amo.

Mi habitación propia es trabajar en mi pasión.

Mi habitación propia es el espacio en donde puedo escribir y leer.

Mi habitación propia tiene su lugar en el tiempo, no en el espacio.

Mi habitación propia está dentro de mí.

Liliana Contreras

Trabajadora y estudiante eterna de la neuropsicología infantil. Coordinadora del Centro de Atención a Niños con Necesidades Educativas Especiales, escribe para no olvidar y es parte de Matatena de Saltillo, A. C. coordinando el proyecto Las mamás también queremos trabajar.

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