Pedro y el lobo

Por Liliana Contreras Reyes

¿A quién no le tocó escuchar la historia del viejo del costal? ¿Del coco? ¿Del robachicos, como se usaba en mi tiempo? ¿Quién no fue amenazado por sus padres o por sus maestros con un castigo que jamás cumplieron? ¿Quién no conoce la famosa historia de Pedro y el lobo?

Aunque no quería hablar del tema del enclaustramiento por el coronavirus, es imposible que estos días no estén inundados por el temor, la incertidumbre, el cambio radical de rutinas, la ansiedad por lo que viene, la preocupación por la economía (sobre todo para quienes somos emprendedores o trabajamos por nuestra cuenta), la creatividad para explicarle a mis hijos por qué no van a la escuela ni a casa de los abuelos.

Mientras me bañaba, estaba pensando por qué estamos en este hilo de incertidumbre, que nos balancea entre el miedo de enfermarnos o contagiarnos y la manipulación de la economía a través de un virus.

¿Es verdad o no? ¿Alguien se atrevería a usar un arma biológica? ¿Alguien podría engañar al mundo entero? ¿Por qué tenemos que dudar de lo que dicen las autoridades? ¡Bueno! Ni qué decir de nuestro presidente, pero, ¿dudar de todos los mandatarios de otros países?

Le escribí a un amigo que estudia en el Vaticano. Me preocupé por su bienestar, físico y emocional, porque está allá solo, tan cerca de uno de los lugares más riesgosos. Su respuesta me hizo suspenderlo todo:

Pues está pasando… es cierto que hay personas que pueden con el virus, pero a quien le afecta en las vías respiratorias más grave… es muy doloroso… hay gente que muere sola.

Estamos acostumbrados a recibir tanta información, tenemos todo tan a la mano, que hemos hecho mal uso de nuestros recursos. Las redes sociales, el Internet, la tan famosa globalización, nos acerca, pero también nos despersonaliza. Cualquiera puede emitir una opinión y, como ésa, hay miles o millones de opiniones, que no nos permiten entender ni discriminar lo que ocurre. Vuelvo a preguntarme; ¿por qué no podemos confiar? Y ahí, justo ahí, es donde recordé el cuento de Pedro y el lobo:

Así sin “googlear” pienso en la historia del Chupacabras, Osama bin Laden, Mario Aburto, el ántrax, la terapia transcraneal para curar al autismo (y otras tantas), el señor “que’sque” inventó el TDAH (y solo causa confusión y culpa).

Tenemos tanta información, tan poco válida muchas veces, que la valoramos según nuestro interés, percepción, estado de ánimo o simples ganas de fastidiar a alguien. Descalificamos y apoyamos en tal cantidad, a través de redes sociales, que, las aportaciones correctas, probadas o sensatas, se pierden en medio de un mar de comentarios y reacciones.

Hemos ganado mucho con la tecnología, sí. Pero habría que analizar qué tanto hemos perdido.

Sé que habemos muchos que necesitamos salir a trabajar porque sino, no tendríamos para comer o pagar servicios.

Sé que muchos nos sentimos enfermos solo de escuchar la palabra pandemia.

Sé que muchos nos sentimos inmunes y andamos en la calle, como si nada.

Pero, ¿cuántos seguimos en la incertidumbre de salir o resguardarnos porque no creemos en las noticias ni comunicados gubernamentales? ¿Quiénes necesitamos experimentarlo en nosotros mismos para saber qué es real y qué no?

Tanta información a nuestro alcance y estamos ciegos a lo que ocurre a nuestro alrededor.

Me lo recordó una amiga, al evocar Ensayo sobre la ceguera:

Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, ciegos que ven, ciegos que, viendo, no ven.

José Saramago, Ensayo sobre la ceguera

Cuando leí el libro, hace ya algunos años, me dije: en el país de los ciegos, el tuerto es esclavo. Trasladándolo a la actualidad, el que tiene la certeza de lo que ocurre, será esclavo del resto, tendrá que llevarnos a tientas hacia la seguridad, la certidumbre, la razón, la luz. Tal vez, apagando todo, volviendo al mundo de los sentidos, logremos reconocer lo esencial. Tal vez, algunos tendrán que enfermarse para lograrlo. Seguro habrá a quienes les pase desapercibido todo este caos.

Como a Pedro, tardamos mucho en creerle a las fuentes oficiales. Ha sido tanto lo que nos han mentido, que es, hasta cierto punto, justificable.

Mientras,

que el mundo respire.

que el agua se purifique.

que las aves vuelen en un cielo limpio,

que los delfines recuperen su hábitat,

que China se detenga por un minuto,

que México se quite la venda,

que las personas se reconozcan,

que los niños recuperen a sus padres,

que se valore el papel de la mujer trabajadora,

que se valore el papel de los docentes,

que descubramos que la felicidad está más allá de lo tangible,

que extrañemos nuestra vida,

que valoremos nuestra vida,

que descubramos que, al final, nada es tan urgente como estar aquí, juntos.

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012 y la Comunidad Educativa Alebrije en 2019. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y en el Recetario para mamá. Manual de estimulación en casa (Matatena, 2017). Publicó el libro Las aventuras del cuaderno rojo (IMCS, 2019), Brainstorm. Manual de intervención neuropsicológica infantil (Kuanu, 2019) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

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