LA MUJER FABULADA

· OÍDOS SORDOS ANTE LA PROHIBICIÓN ·

Ser mujer, ni estar ausente,
no es de amarte impedimento;
pues saber tú, que las almas
distancia ignoran y sexo.

Sor Juana Inés de la Cruz

Por Liliana Conteras Reyes

¿Qué tiene que pasar para que una mujer se decida a romper con la estructura mitológica sobre la cual ha sido formada? ¿Qué es lo que marca la diferencia entre la mujer común y una mujer excepcional? ¿La mujer es capaz de reconocerse responsable de mantener viejas ideas que la elevan al nivel de los dioses? ¿Se conforma la mujer con ser vaca, templo, ola, rata, perro, canario, boa, elefanta, techo? ¿Es más sencillo desentenderse de la responsabilidad que conlleva la emancipación femenina, que cargar con años y años de mitos?

En la presente entrada, hablaré sobre la participación de la mujer en la Literatura Mexicana como creadora y veremos que su labor en este ámbito no es tan reconocida y fructífera como lo es para los hombres. Aún cuando algunas escritoras mexicanas son consideradas “entre los mejores narradores de México (…) sus obras son poco leídas, menos aún estudiadas” (Bradu, 1998, p. 10). Existe temor a desagradar, a inquietar, a salirse de los estereotipos. Cabe señalar que, comparada con la producción literaria femenina del resto de países en Latinoamérica, la producción en México se ha visto favorecida, al menos en la cantidad de escritoras que han publicado en el último siglo. Sin embargo, haciendo una revisión hacia el interior del país, encontramos que su participación aún es reducida, si la comparamos con la de los hombres.

Por ejemplo, al revisar el libro Ensayo mexicano moderno no aparecen mujeres (Martínez, J. L., 1995). En Protagonistas de la Literatura Mexicana (Carballo, 1994) solamente tres salvan al género, con algunas acotaciones: Elena Garro, Rosario Castellanos y Nellie Campobello. En la antología de Gustavo Sáinz, Jaula de palabras aparecen siete mujeres, representando el 13.4% de los escritores antologados. El Ómnibus de Literatura Mexicana incluye a Sor Juana Inés de la Cruz, María de la Portilla de Grever, Dolores Guerrero, Concha Urquiza, Rosario Castellanos y Consuelo Velázquez (Zaid, 1972).

Las pocas escritoras que se nombran en el Diccionario de Literatura Mexicana del siglo XIX son la “Güera” Rodríguez, Madame Calderón de la Barca y Rosario de la Peña, dejando en el olvido a Refugio Barragán Toscano, “primera novelista mexicana” que publicó en 1887 La hija del bandido o los subterráneos del nevado y a Enriqueta Camarillo y Roa, autora del poemario Rumores de mi huerto, quien es considerada la “primera escritora profesional mexicana” (Vivero, 2006, p. 179-180). Algunas de las primeras publicaciones femeninas que comenzaron a circular al final del siglo XIX fueron “La Semana de las Señoritas Mejicanas” y “Las hijas de Anáhuac”.[1]

Es hasta el siglo XX cuando un gran número de autoras publican su obra, inicialmente poética, que con el paso del tiempo fue ampliándose a narrativa, ensayo y crítica. Más de veinte de ellas fueron reconocidas en las primeras décadas de este siglo, entre las que encontramos a Dolores Bolio, Antonieta Rivas Mercado, Carmen Toscano, Asunción Izquierdo, Judith Martínez y Guadalupe Amor.

En Acechando al unicornio¸ Brianda Domecq (1988) realiza una antología de textos de Literatura Mexicana en torno a la virginidad y el “culto al himen” en nuestro país a los largo de la Historia. Resulta irónico que, incluso en este tema, en los textos escritos antes del siglo XX solo Sor Juana trata el tema en su conocido poema Hombres necios… A partir del siglo XX, poco más de la mitad de los textos fueron escritos por hombres. El elemento transversal de la compilación es la percepción de la mujer íntegra cuando es virgen. Algunas de las mujeres que participaron en esta recopilación son Ester Ortuño, Margarita Michelena, Carmen Rosenzwerg, Enriqueta Ochoa, María Luisa Mendoza y Alicia Reyes.

La escritura como profesión deja de ser un tabú hasta la segunda mitad del siglo XX, en donde la “Generación del medio siglo”, conformada por Castellanos, Arredondo, Vicens, entre otros, abordó “temáticas universales, alejándose cada vez más de los mundos rurales y revolucionarios” (Vivero, 2006, p. 192) y se puede considerar a las integrantes de esta generación como el sustento (o aliento) de las posteriores.

A partir de la década de los ochenta, la narrativa escrita por mexicanas ha tenido especial atención, tanto en México como en el exterior. Una muestra de ello es The other mirror, conformado por ensayos sobre la obra de nueve escritoras: Elena Poniatowska, Rosa Nissán, Cristina Pacheco, María Luisa Puga, Bárbara Jacobs, Ángeles Mastretta, Laura Esquivel, Carmen Boullosa y Sabina Berman (Ibsen, 1997). En este libro, se trata de desestigmatizar la poca relación entre el éxito comercial y la literatura de calidad, pues, aunque no es el caso general, las escritoras incluidas son percibidas como transgresoras (sin que esto sea al mismo tiempo feminista), al desarrollarse en un área profesional habitada por el sexo masculino.

Ciertos libros escritos por mujeres se dedican a reconocer la participación profesional de la mujer en diferentes áreas de desarrollo profesional o específicamente en el área de letras: Las siete cabritas de Elena Poniatowska, Gritos y susurros I y II, de Denise Dresser, Señas particulares: escritora, de Fabienne Bradu, La novela según los novelistas, coordinado por Cristina Rivera Garza y, más recientemente, Tsunami I y II, coordinado por Gabriela Jáuregui.

Finalmente, es preciso mencionar que, en algunas corrientes, la participación femenina es completamente nula. Tal es el caso de la llamada contracultura, escritura de la onda, movimiento infrarealista o del crack.

Cabe cuestionarnos, como lo hacía en su momento Virginia Woolf (1991): “¿cuál será el estado mental más propicio, al acto de creación?  (…) ¿Es posible alcanzar una justa noción del estado que permite y amplia esta actividad extraña?” (p. 47). Para ella, el acto de escribir una obra de genio es casi siempre una hazaña de “prodigiosa dificultad” (p. 47), por los aspectos prácticos a que se enfrenta el escritor en general, y la escritora en particular. Obstáculos como el lugar y tiempo ideal para desarrollarla, convierten la labor de escribir en un acto admirable. Agreguemos que, muchas veces, escritoras y escritores combinan el oficio con otra actividad que les remunere económicamente.

No es simple que una mujer tenga las posibilidades de crear una obra de arte. Incluso suponiendo que el aspecto práctico no se convirtiera en un problema, quedarían las opiniones y expectativas generadas en su contexto. Si Jane Austen debía concentrarse en la sala común de su casa para escribir sus novelas, ¿qué habría escrito en caso de tener un espacio personal? Si Sor Juana hubiera optado por el matrimonio, ¿existiría Primero sueño? O, en caso contrario, si la sociedad novohispana hubiera ofrecido diversos caminos a la mujer, como la soltería, ¿qué habría aparte las Obras completas de Juana Inés Ramírez?

La solución a las dificultades económicas y prácticas, propuesta por Woolf (1991), era “tener quinientas libras al año y un cuarto con una cerradura en la puerta si [se] quieren escribir novelas o versos” (pp. 93-97). Sin embargo, aparentemente se necesita algo más, pues hoy en día “las escritoras sólo representan alrededor de 25% del universo de autores mexicanos” (Vivero, 2006, p. 193). Pero, ¿qué es lo que nos hace falta?

Rosario Castellanos se hizo cuestionamientos semejantes. Su principal angustia de juventud fue la confrontación de su “vocación literaria que resentía lo adverso del ambiente social y cultural ante la actividad intelectual de las mujeres” (2005, p. 22). Al desarrollar su tesis de licenciatura, se decidió por el tema de la cultura femenina. Desde el inicio de su trabajo se vislumbran sus preocupaciones como mujer:

El mundo que para mí está cerrado tiene un nombre: se llama cultura. Sus habitantes son todos del sexo masculino. Ellos se llaman a sí mismo hombres y humanidad a la facultad de residir en el mundo de la cultura.

(2005, pp. 22-23).

Tratando de comprender cómo hicieron otras mujeres para acceder a este espacio que les estaba prohibido, Rosario (2005) consideró la “producción cultural como una tentativa masculina a la que los hombres recurren para trascender en el mundo” (p. 24). Por su parte, las mujeres “logran esta trascendencia a través de la maternidad” por lo que se cree que no tienen necesidad de producir cultura. A pesar que esta tesis perdió vigencia después, se erige como una reflexión sustancial para el desarrollo femenino. Al igual que Beauvoir (2001), se da cuenta que “no se nace mujer: se llega a serlo” (p. 113). Sin exaltar gratuitamente las producciones culturales de las mujeres, esta escritora es ejemplo de la fuerte necesidad de crear y acceder a una cultura universal.

***

Considerando que “no existe esencia de lo femenino” sino que se trata de un paradigma cultural, podemos ver que la mujer mexicana, independientemente de su estrato económico, cultural y temporal, tiene algunas características comunes:

Todas están sujetas a los derechos y obligaciones de una misma legislación; todas han heredado el mismo acervo de tradiciones, de costumbres, de normas de conducta, de ideales, de tabúes; todas están dotadas del mismo grado de libertad para reclamar sus derechos si se les merman, como para cumplir sus obligaciones si se les imponen; como para optar entre la repetición de los usos ancestrales o la ruptura con ellos; como para aceptar o rechazar los arquetipos de vida que la sociedad les presenta; como para ampliar o reducir los horizontes de sus expectativas; como para no aceptar las prohibiciones o como para acatarlas

(Castellanos, 1971, § 12).

Sin embargo, ya vimos en los datos estadísticos, la mujer en México aún es dependiente económicamente y, con ello, lo es intelectualmente; la mujer es sumisa, adiestrada desde la infancia para satisfacer a otros; su autorealización sólo se logra con la maternidad, que puede extenderse al cuidado resto de la familia, por ejemplo, si un familiar enferma, se da por hecho que si hay una mujer soltera en casa, ella tendrá la responsabilidad de cuidarlo. Además, a la mujer que no tiene estas “cualidades” se le adjudica una alta cuota que debe pagar diariamente: si desea salir a trabajar, debe dejar en orden el hogar; si deja a sus hijos al cuidado de un tercero, no debe quejarse ante su desamor o faltas de respeto; deberá aceptar la infidelidad, si ella no está dispuesta a satisfacer sexualmente al hombre, debido al cansancio o al tiempo invertido en su profesión.

Hoy en día la sociedad rechaza a una mujer íntegra, por lo cual la condena a la soledad. La integridad no es ya marcada por el himen, sino por la convergencia de su vida biológica, psicológica y social; por la convergencia de un conocimiento, el desarrollo de habilidades fuera del hogar y el sustento axiológico, necesario en cualquier ser humano. La lucha interna tiene que responder a ser o no ser individuo. Para ser, se deben romper los marcos establecidos; para no ser, sólo deben acatarse. Es decisión de cada mujer modificar su realidad.

Las escritoras que han logrado abordar temáticas más amplias, dentro de la literatura han tenido que “destruir con frecuencia mitos sagrados y salirse de los encasillados en que el hombre” la ha colocado.

Ante ellas, surge la necesidad, expresada por Nelly Richard, de la renovación o reinvención de la crítica literaria “que cambie de modo constante sus estrategias en las relaciones con la teoría contemporánea y, en especial, que establezca puentes y cruces entre la estética y la política, entre la academia y la cultura” (Franken, 2008, § 6).

En este sentido, la producción literaria de la mujer no es tan diferente de cualquier otro producto creado desde la marginación o subalternidad, expresando por ello la desigualdad sexual como resultado de una política, economía y desarrollo social determinado por las hegemonías vigentes en cada etapa o momento histórico. Al juzgar los productos culturales bajo la óptica de estos grupos privilegiados y, generalmente, masculinos, las creaciones subalternas siempre aparecerán con poco mérito. Como lo menciona Ibsen (1997), los lectores entrenados en el análisis de textos “canónicos”, no estarán preparados para abordar aquellos escritos desde la subalternidad (p. 2).

Estos textos serán considerados de baja calidad al ser leídos a través de los códigos de interpretación del “canon”. Por lo anterior, es indispensable ampliar este campo de valoración y enfrentamiento ante un texto. Aunque algunas temáticas parecieran fastidiar a los hombres o a los grupos hegemónicos, son consideradas “transgresoras”, al apartarse de la norma. Es decir que, si la novela Como agua para chocolate se enfoca en los tópicos comunes de la mujer, como el espacio doméstico y la relación amorosa con un hombre, aún cuando no es una novela “feminista”, no deja de ser subversiva, pues a través de la subjetividad femenina se aborda y refleja simultáneamente la estructura masculina de la sociedad en general.

Es así que la voz femenina se muestra como un nivel de enunciación distinto al patriarcal, lo cual le da un valor agregado a la narrativa de mujeres, pues lo que es “diferente”, lo que se opone y da voz a “lo otro”, permite mostrar una realidad oculta bajo los designios hegemónicos.

Por último, es importante para mí resaltar un aspecto. Como mujer, debo comprender a profundidad cómo la voz de cada mujer, concuerde o no con mi forma de enfrentarme ante la injusticia, de mi perspectiva del feminismo o de mi idiosincrasia, está rompiendo paradigmas.


[1]Ver la página http://www.coleccionesmexicanas.unam.mx/index.html en donde la UNAM da acceso a publicaciones del siglo XIX.

REFERENCIAS:

Beauvoir, Simone (2001), El segundo sexo (traducción de Alicia Martorell)[versión electrónica], España: Cátedra, disponible en http://www.librodot.com

Bradu, Fabienne (1998). Señas particulares: escritora. Ensayos sobre escritoras mexicanas del siglo XX. México: Fondo de Cultura Económica.

Carballo, Emmanuel (1994). Protagonistas de la Literatura Mexicana. (4ª ed.) México: Porrúa

Castellanos, Rosario (1971), “La abnegación: una virtud loca” [versión electrónica], disponible en línea en www.debatefeminista.com, consultado el 31 de marzo de 2010.

Castellanos, Rosario (2005). Sobre cultura femenina. México:Fondo de Cultura Económica.

Domecq, Brianda (1988). Acechando al unicornio. La virginidad en la Literatura Mexicana. México: Fondo de Cultura Económica.

Franken, M. Angélica (2008), “Feminismo, género y diferencia(s) de Nelly Richard”, en Pontificia Universidad Católica de Chile. Disponible en línea en http://www.scielo.cl, consultado el 5 de mayo de 2010.

Ibsen, Kristine (1997). The older mirror. Women’s Narrative in México, 1980-1995 [versión electrónica]. Library of Congress: Estados Unidos de América. Disponible en línea, en http://www.questia.com, consultado el 9 de mayo de 2010.

Martínez, José Luis (1995). Ensayo mexicano moderno I. México: Fondo de Cultura Económica.

Vivero Marín, Cándida Elizabeth (2006), “El oficio de escribir: la profesionalización de las escritoras mexicanas (1850-1980)”, en Revista de estudios de género. La Ventana [en línea], Universidad de Guadalajara, México, pp. 175-200, disponible en http://redalyc.uaemex.mx/ consultado el 13 de abril de 2010.

Woolf, Virginia (1991). Un cuarto propio (traducción del inglés de Jorge Luis Borges). México:Colofón.

Zaid, Gabriel (1972), Ómnibus de poesía mexicana. (2ª ed.) México: Siglo XXI editores.

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012 y la Comunidad Educativa Alebrije en 2019. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y en el Recetario para mamá. Manual de estimulación en casa (Matatena, 2017). Publicó el libro Las aventuras del cuaderno rojo (IMCS, 2019), Brainstorm. Manual de intervención neuropsicológica infantil (Kuanu, 2019) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

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