MAGOLO CÁRDENAS: Visionaria del desierto

Escritora de literatura infantil y juvenil, profesora, editora, promotora cultural e ilustradora, Magolo ha dedicado su vida a contar historias y a abrir caminos para que otros las descubran.

Entrevista por NES / Fotografías Criss Poulain

Su trayectoria es también la historia de una mirada curiosa que nunca se conformó.

Fundó el Museo del Desierto en Coahuila, un proyecto nacido de su fascinación por los paisajes áridos del noreste, por las ciénagas, los estromatolitos y los fósiles que había descubierto años atrás mientras investigaba para uno de sus libros. Ese Museo —hoy un referente nacional fue, dice ella, el proyecto que más la marcó.

También dirigió los 3 Museos de Monterrey, Nuevo León; fue coordinadora de la Ibero Saltillo, directora de la Hemeroteca y creadora del Instituto Coahuilense de Cultura. Cada uno de estos espacios llevó su sello: rigor, sensibilidad y un profundo respeto por el arte, la ciencia y la memoria.

Cuando la maternidad abrió la puerta a la escritura

Años más tarde, cuando nació su hijo Esteban, Magolo descubrió que la maternidad la regresaba a su propia infancia. Quiso contarle las historias que ella había escuchado y comenzó a escribirlas, primero de manera oral y luego de forma literaria. Así nació su primer libro para niños, Celestino y el tren, que ganó un concurso de la editorial Novaro y abrió el camino para una colección histórica dirigida al público infantil. Su novela fue seleccionada por jurados infantiles, un gesto que siempre le pareció profundamente simbólico.

Del libro al Museo: el nacimiento de un proyecto icónico

Esa combinación de curiosidad, rigor y ternura la acompañó cuando creó uno de los museos más importantes de México: el Museo del Desierto. El proyecto tuvo su origen años atrás, cuando investigaba ecosistemas para escribir El Tesoro de Don Té. En la Biblioteca del Colegio de México descubrió estudios sobre Cuatro Ciénegas escritos por investigadores japoneses y alemanes. Aquellos textos sobre estromatolitos, desiertos fósiles y vida microscópica la deslumbraron. Esa fascinación se convirtió en idea y, más tarde, en proyecto museográfico.

El Museo del Desierto nació del encuentro entre su amor por la narrativa, la ciencia y la identidad del noreste. Trabajó de la mano de paleontólogos como García Bárcena y Wolfgang Stinnesbeck para imaginar un espacio que no solo hablara de dinosaurios, sino del medio natural como un organismo vivo. Ver el Museo convertirse en referente regional fue uno de los momentos más significativos de su carrera.

Una nueva etapa: literatura infantil y proyectos educativos

Después de dos años al frente del proyecto, llegó el cambio de administración. Salir del Museo le dolió, pero esa transición la llevó a otro camino: un Centro de Literatura Infantil del Fondo de Cultura Económica en Monterrey, donde continuó construyendo redes, proyectos y espacios de lectura durante dos décadas.

Hoy, Magolo se mantiene activa en iniciativas que la emocionan profundamente: un pabellón permanente para niños en la Feria del Libro de Monterrey y un programa de fomento lector para la primera infancia en colonias vulnerables, hospitales y centros penitenciarios. Trabaja con bebés de cero a seis años y con quienes los cuidan: “es precioso”, dice, porque ahí la lectura vuelve a ser ese espacio amoroso que la marcó de niña.

Su curiosidad hoy: plantas, desierto y contemplación

Su inspiración cambia según lo que esté leyendo. Últimamente la apasiona la sabiduría de las plantas y la capacidad del desierto para resistir los golpes del clima.

También la acompaña Vida contemplativa, de Byung-Chul Han, un libro que le recuerda la importancia de pausar, observar y dejar que el mundo nos toque.

Lo construido, lo que sigue, lo que se hereda

Cuando mira hacia atrás, siente gratitud: libros, museos, instituciones culturales, generaciones de lectores. A veces piensa que le falta mucho por hacer; otras, que ha sido suficiente. Pero lo que tiene claro es que sigue en movimiento.

A las mujeres de su generación, que a veces sienten que ya cumplieron su ciclo, les diría que no: “La vida sigue mientras se respira. Hay que seguir —dice— haciendo lo que podamos, hasta donde podamos”.

Y si pudiera hablar con la niña que fue, le recordaría que crecer lejos de los centros culturales no la limitó: la volvió curiosa, versátil y capaz de aprender de todo. “Pero —diría con una sonrisa— en lugares como Saltillo es difícil dedicarse solo a estudiar metáforas. Hay que vivir, hay que hacer, y eso también te forma”. Magolo continúa escribiendo, creando y tejiendo historias —como aquellas mujeres de las que habla Irene Vallejo, las narradoras invisibles que tejían palabras mientras bordaban. Porque para ella, la literatura es eso: urdimbre, trama, voz y memoria. Un hilo que nunca deja de correr.

Este artículo forma parte de nuestra edición especial impresa de DICIEMBRE 2025 – ENERO 2026: HONOR A QUIEN HONOR MERECE

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