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Mirarnos como ellas nos miran

Por Cyntia Moncada

“Rodéate de mujeres que dirían tu nombre en un lugar lleno de oportunidades”, decía una imagen que me detuvo el otro día mientras paseaba por redes sociales.

Desde que comencé a editar textos escritos por mujeres en una columna de opinión, he hablado con más extrañas que en toda mi vida. Y qué bonita experiencia ha sido.

Cada vez que contacto a mujeres para invitarlas a escribir, puedo sentir su euforia, su emoción, sus nervios, su duda, su sabiduría y su poder.

Pero durante las últimas semanas me he detenido a escuchar —leer— con más calma cómo las mujeres describen a otras mujeres cuando me recomiendan invitarlas a escribir.

“Ella es…”. Y entonces vienen las palabras bonitas: Es brillante. Es chingona. Sabe mucho sobre. Estudia sobre. Es muy buena en. Tiene mucha experiencia. Tiene una historia muy bonita.

Me emociona escuchar todo lo que decimos de otras mujeres incluso cuando ellas no están en esa ventana de WhatsApp. Pero cuando finalmente escribo a esa mujer que me describieron con tanta admiración, ella no siempre se presenta así. No dice “Soy muy buena en” o “Tienes que conocer mi trabajo”. A veces duda o se abruma.

Y pienso en la distancia que a veces existe entre la mujer que otras ven y la que vemos nosotras cuando nos miramos.

Es curioso que encontremos con tanta facilidad palabras bonitas para hablar del talento de otra mujer y que, cuando toca hablar de nosotras mismas, aparezcan los diminutivos, las dudas, el “más o menos”, el “no le he dedicado mucho tiempo” o “no sé si sea la indicada para hablar sobre el tema”.

Tal vez aprendimos que reconocer nuestras capacidades podía confundirse con arrogancia. Que era mejor ser modestas. No presumir demasiado.

No ocupar demasiado espacio.

Y entonces pienso en lo

distinto que sería escucharnos a través de ellas. Si una mujer a la que admiramos dice que somos buenas en algo, ¿por qué tantas veces nuestra primera reacción es explicarle por qué no lo somos tanto?

¿Y si les creemos? Si les creemos cuando dicen que somos brillantes. Cuando hablan con orgullo de nuestro trabajo.

Cuando cuentan nuestra historia mejor de lo que nosotras mismas nos atrevemos a contarla.

Y es que decir el nombre de otra mujer no es poca cosa. Porque cuando pensamos en ella para una oportunidad, cuando recordamos su trabajo, cuando reconocemos lo que sabe y decimos “Ella es” encendemos esa red de mujeres hecha de amor y magia. Ponemos un piso firme para que ella se sienta segura al pasar.

Y quizá la magia de esa red también está en dejarnos sostener cuando somos nosotras las que estamos del otro lado.

Cuando alguien dice nuestro nombre, reconoce nuestro trabajo y nos abre un espacio que a veces dudamos si merecemos ocupar.

Quizá se trata también de aprender a escuchar cómo nos nombran las mujeres que nos rodean y atrevernos a mirarnos al espejo con la misma generosidad con la que las miramos a ellas.

Pero mientras nos la creemos, qué bonito tener cerca mujeres que nos miran así, que llenan las conversaciones de halagos y que no dudan en decir en voz alta nuestro nombre en lugares llenos de oportunidades.

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