La era de las supermamás y los superpapás

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Por Alex Campos

Hace unos días, leí un artículo del Síndrome de la sobrepaternidad. Le llaman así a la conducta de los papás (por cierto, muy de esta época) de estar presente en cada uno de los momentos de los hijos, convertirlos en el único motivo de existencia y dejar nuestra individualidad al convertirnos en mamás y papás.

A esté Síndrome también se le culpa del “mommy burnout”, lo que en mi propio vocabulario traduciría al español cómo “Síndrome de la mamá desgastada”.

Sé perfectamente que no sería la traducción correcta o ideal, pero es que cuando lo digo, así lo imagino.

Me imagino una mujer que apenas y puede levantarse de la cama, con ojeras tras las ojeras, piel verdosa y con muy poco ánimo para cumplir con un millón de obligaciones, compromisos y ¡con ella misma!

De haber conocido ese término hace unos 3 años, antes de mi primogénita, me hubiera ahorrado algunas situaciones incómodas por asistir a compromisos prácticamente dormida, parada y con ojos abiertos, pero en un estado zombie.

Es verdad, hoy en día, la mayoría de los padres inscriben a los hijos desde edad muy temprana a un sin fin de actividades: clases de karate, ballet, natación y de música, estimulación temprana a bebés de apenas meses de nacidos… En fin, no me mal entiendan, lo admito, soy de esas mamás que ansiosamente esperó a que su pequeña princesa cumpliera la edad mínima permitida para ingresarla a clases de ballet, la inscribí a la escuelita al año ocho meses y sinceramente comienzo a sentirme ansiosa al ver que otras niñas de su edad llevan más de una actividad extra curricular.

De pronto me pregunto si nos estamos quedando atrás, si le estoy dando las herramientas necesarias para ser exitosa.

Luego de mucho analizar, caigo en cuenta de que mi pequeña ¡sólo tiene 4 años!

Que esta será la única etapa de su vida en la que el tiempo no la persigue, vaya, ni si quiera está consciente de que en esta vida hay tanta competencia y millones de padres apresurados obligando a sus pequeños a crecer más rápido de lo que deberían.

A veces me imagino que esto que hoy en día vivimos es cómo si nos hubiéramos subido al auto más veloz, vamos pisando el acelerador, sin permitirnos, ni a nuestros hijos ver lo hermoso del camino, paisajes, lugares increíbles con naturaleza lista y hecha para que ellos respiren y sientan la grandeza de vivir.

Es en esos momentos, en los que tomo conciencia y decido bajar la velocidad.

Y es que, a veces, sólo basta con escuchar esas vocecitas que pueden ser capaces de dar cátedra sin si quiera ellos darse cuenta.

Nunca voy a olvidar el día que mi hija, de 4 años, me miró como caricatura japonesa, enfocó su mirada hacia mí con esos enormes ojos, se quedó callada por un momento volteando hacia arriba y dijo, “Mami, yo sólo quiero jugar. ¿Los niños no debemos jugar porque tenemos prisa?”

Me sentí la peor mamá del mundo, eran épocas en la que yo trabajaba con horarios establecidos, quería cumplir con mil y un millón de compromisos, ir a piñatas y sentir que podía hacer todo en un día.

Y vaya que se puede, pero el precio era sumamente alto.

Yo terminaba agotada, al final del día podría haber estado en muchos lugares, pero al mismo tiempo ausente porque el cansancio no me permitía estar muy cuerda, tampoco tenía ánimos para hacer cada cosa con mi 100%. Y ni qué decir al llegar a casa, si se me pasaba la hora del baño y de dormir a los niños, me frustraba pensando que al siguiente día lo haría mejor, pero ¡se sentía casi como la muerte!

Cada día estaba más agotada, por ende, más lenta y por tal motivo más confundida en cuanto a qué objetivo tenía todo este esfuerzo si de lo que más quería disfrutar era de mi maternidad y ciertamente no la estaba disfrutando, corría sin percibir grades momentos.

Me estaba perdiendo de momentos memorables o hermosos por estar adormilada o de mal humor por el cansancio, mis hijos me veían entrar y salir y los obligaba a correr a mi ritmo ¡qué injusta estaba siendo! ¿y para qué?

Así que una noche, acostada en mi cama y con un cosquilleo en mi corazón que ya tenía tiempo que no me dejaba en paz, pensé ¿Qué quiero en estos momentos de mi vida?

  • Quiero disfrutar a mis pequeñitos, tener humor para percibir su peculiar e increíble forma de ver la vida.
  • Quiero que me recuerden tranquila y presente, escuchando anécdotas que incluyen los lugares y espacios que sólo habitan en un lugar llamado imaginación y que con mamá puedan explotar esa gran cualidad que perdemos con la edad.
  • Quiero disfrutar de la vida de “mamá” sin que las horas me persigan y el cansancio me sabotee.
  • Quiero buscar un tiempo para mí, para escuchar mis pensamientos, ser yo más allá de ser mamá, quiero volver a ser novia, amiga y deportista o ¡lo que sea que cada una de nosotras seamos o queramos ser!
  • Simplemente, tener libertad de decir “estoy cansada” y decidir por mi propio bien, cumplir con mi bienestar antes que con el mundo entero. Esa libertad sólo podía dármela yo.

Nuestro mayor compromiso cada mañana es sabernos vivas y agradecer simplemente por el hecho de estar aquí, reconocernos primero como persona; como mujer, como esposa y como mamá.

Disfrutar de cada uno de estos papeles no es difícil si somos selectivas y entendemos que sólo somos seres humanos, es increíble ponerse la capa de súper héroe y al final del día saber que escogimos bien cada una de nuestras misiones.

Recordando siempre, que nuestra principal misión es cuidar de nosotras mismas y así poder dar a la gente a nuestro alrededor nuestro 100%.

No quiero ser parte de la estadística, de mamás con el Síndrome de burnout, quiero tener energía, irradiar vitalidad, poder cuidar de mi para poder cuidar de mis pequeños, siempre consciente de que ellos son seres individuales, que algún día se irán volando y yo podré decirles “Hasta pronto”, con una sonrisa en la cara y contenta porque hay otros papeles en la obra además del de mamá.

Alex Campos

Lic. en Comunicación por la Universidad Del Valle de México. Conductora en diferentes facetas, actualmente presentadora de noticias. Apasionada de la escritura y enamorada del arte de ser mamá. Mamá de Samantha, José Antonio y Rafael.

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