Alguna vez tuve pestañas

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Quedarse sin pestañas durante el embarazo es lo que menos importa, cuando tenemos sus manitas apretándonos fuerte, sus risas al correr, su vocecita cantando todo el día. Esas son las grandes cosas.

Por Liliana Contreras

Me quedé sin pestañas. Entre muchas otras cosas, ha sido de los cambios que acompañaron mi maternidad. Lo recuerdo cada día cuando veo a Chuy Carlos a los ojos, enmarcados por unas pestañas bien pobladas y chinas. El volumen de mi cabello se quedó en los meses de embarazo, junto con algunos rizos. Mi paciencia se volvió selectiva, porque mi día ya no es solo para mí. En aquellos nueve meses dejé mi gusto por la salsa Búfalo, por los chiles jalapeños rellenos de queso (que normalmente no probaría) y espero, pronto, dejar el dulce gusto por la guayaba, que vino con mi segundo embarazo.

Ser madre es una experiencia que no puede compartirse del todo. Es una experiencia tan interna, tan propia, que incluso siento que no puedo compartirla, como quisiera, con mi esposo. En lo personal, ha implicado deshacerme y reconstruirme cada día, ante cada nueva experiencia, con mi hijo. Ha significado escuchar o ignorar consejos, comerciales, críticas y sugerencias, decidiendo día a día qué es lo más apropiado para nuestra familia.

Con Chuy Carlos he aprendido a emocionarme, a vivir a plenitud una canción, a disfrutar cómo pasan los rayos de sol entre las ramas o a buscar la luna entre las nubes, entre los cables de luz, tras el edificio que está frente a la casa. Me ha enseñado a ver fijamente a los ojos y a entender, sin necesidad de usar palabras; reaprendí a través de su empatía, de su gusto por el pasto, por las piñas, las bellotas. Recojo hojas caídas y tengo que esperar a que las palomas vuelen del cable de la luz, para entrar a la casa. Correr no fue antes tan divertido, por el simple hecho de que mueve sus brazos a la altura de los hombros, simulando a un atleta profesional, mientas grita “colele”. Y llorar. Llorar cuando su cara se entristece por algo tan simple, como un carro que se perdió entre los demás juguetes; cuando me grita: “Mamá, ayuda”; cuando me busca asustado porque estamos en un lugar nuevo; cuando ayuda a otro niño porque siente que lo necesitan.

Al día de hoy, nos queda poco más de un mes para nosotros solos, porque nacerá su hermano (a). Él lo sabe tanto como yo y aprovecha cada instante para decírmelo con sus arrumacos, buscándome y no dejándome sola ni un minuto, aferrándose a mi playera, pidiéndome la mano en el carro, aunque él vaya en la parte trasera y yo manejando. No había caído en cuenta en ello, hasta que empecé a sentir las contracciones Braxton Hicks. Han sido dos años tres meses para nosotros y creo que la vida nos ha premiado con ellos, porque los hemos vivido a plenitud.
En estos años, me ha enseñado a ser mamá y yo he tratado de estar atenta y de aprender lo más posible. Porque de eso se trata el ser madre. De vivir cada día a la vez, de acompañarlos mientras crecen, experimentando lo más cotidiano de forma extraordinaria. Porque no hay mañana, su futuro es ahora, es este instante. Era un bebé, al segundo estaba gateando y, al siguiente, me corrige, diciéndome “ése no”, porque quiere elegir su ropa.

Las grandes cosas son destellos, ocurren ahí, cuando menos lo esperas, una vez, y se quedan con nosotros por siempre. Las grandes cosas no son la graduación o el festival. Las grandes cosas son despertar, arrancar las primeras uvas del racimo, tener una noche de insomnio por haber comido demasiado, escucharlo reír dormido, tomar la medicina, leer a su manera, el camino a la escuela, emocionarse por ver a sus primas, contar camiones, bajar un puente gritando como en la montaña rusa, ver la lluvia o saltar su primer charco.

Ahora que estamos en proceso de transformación (él para convertirse en el hermano mayor y nosotros para ser padres de dos), siento la incertidumbre en mi pecho. Debe ser una nueva habilidad de la maternidad: amar infinitamente a nuestros hijos. Conoceremos nuevas clases de amor. El amor fraterno, el amor compartido. Al final de estos nueve meses, ya no hay más pestañas que perder. Y, como dice mi esposo, él también alguna vez tuvo cabello. Así que nos queda ganar, nos queda compartir, a los tres, una nueva vida.

Artículo tomado de la edición impresa

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012 y la Comunidad Educativa Alebrije en 2019. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y en el Recetario para mamá. Manual de estimulación en casa (Matatena, 2017). Publicó el libro Las aventuras del cuaderno rojo (IMCS, 2019), Brainstorm. Manual de intervención neuropsicológica infantil (Kuanu, 2019) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

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