PAGAR PARA TRABAJAR

Por Liliana Contreras

Cuando pienso en trabajo, lo primero que viene a la mente es ganar dinero. Dejo de lado el asunto de la vocación por un momento, para pensar en el lado frío y práctico de la situación. La definición tradicional de trabajar implica realizar un esfuerzo para lograr algo. Lo que no pensamos es que, dentro de ese esfuerzo, se incluye el pagarle a alguien que cuide a nuestros hijos, para que podamos salir a trabajar.

Aunque suene raro, quienes no tenemos una abuela disponible las 24 horas de los 7 días de la semana (que no trabaje), tenemos que pagar para poder trabajar. Guardería, estancia por horas o niñera en casa. De ahí que exista el Uber Kids, el transporte escolar o el rol de mamás que llevan a varios niños a la escuela.

No es un reclamo, es, más bien, una reflexión la que he tenido en estos días, ya que, aunque trabajo por mi cuenta, necesito ayuda para cuidar a mis dos hijos en diversos horarios: puedo trabajar un día a las 8 de la mañana, lo cual queda casi perfecto, porque ChuyCarlos entra a las 8:00 a.m., pero no para Nicolás entra a las 8:30 a.m. Otro día, quizá, trabajaré en viernes, de 17:00 a 19:00 horas, para lo cual necesito contratar una niñera, pagar una estancia, pedir ayuda a las abuelas o a alguna de las tías. Cuando he trabajado fuera de la ciudad, la niñera deberá quedarse a dormir o esperar a mi esposo hasta que llegue del trabajo. Ya me ha tocado viajar con alguien que me apoye cuidando a mis hijos en otra ciudad, lo que implica pagar comida, hospedaje y honorarios.

Veo a mi esposo que planea sus viajes de trabajo, de aquí a junio, sin pensar qué necesidades tendrá para realizarlos, porque sabe que, de cajón, yo estaré al pendiente de nuestros hijos. Al contrario, yo necesito asegurarme de contar con ayuda, incluso para ir al cine o para llegar una hora más tarde del consultorio. No es de sorprender que, cuando hago una propuesta para dar un curso fuera de la ciudad, incluya dentro de los gastos, el pago de una persona que me ayude a cuidar a los niños, lo cual no siempre es bien recibido por quienes me contratan.

Pienso en la cantidad de mujeres que se quedan en casa con los niños, porque pagar por cuidarlos puede ser más caro que el salario recibido.

Pienso en las mamás de niños con discapacidad, a quienes, muchas veces, nadie más quiere o puede cuidarlos y que esto acarrea situaciones de pobreza para la familia.

Pienso que, además del amparo emocional que se necesita para dejar a nuestros niños en otras manos, es necesario pensar en un amparo económico.

Pienso que, si yo decidí renunciar a un trabajo formal, no todas estamos en la posición de hacerlo, por las características de cada ocupación.

Soñemos mejor, que, en algún momento, las empresas tendrán esos espacios de cuidado infantil, que gozaremos de horarios más flexibles, que habrá trabajo desde casa igual de remunerado que el trabajo de oficina, que hombres y mujeres planeemos mejor el tener hijos y, más delante, el cómo hacer frente a su cuidado. No sé si sea justo o no, pero es real.

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

DEJA UN COMENTARIO

LECTURAS RELACIONADAS