SEMPITERNO

Por Paloma Castillo

Recuerdo bien el día en que mi primer hija nació, quién puede olvidar cosas como esas. Aunque hay detalles que se van desvaneciendo, hay cosas que aún en mi mente dispersa se quedaron indelebles como un tatuaje.

El parto fue casi como una fiesta, en casa, con los seres que amamos, con la tranquilidad, la comida, el apapacho, las risas y las lágrimas de alegría. Sin embargo, una vez que todos se fueron, nos quedamos solos en esa recámara, en esa casa tan silenciosa. ¿Y ahora? Mi esposo y yo nos mirábamos y veíamos a esa albondiguita carnosita y tranquila, ahora había alguien más, alguien que respiraba ahí, que existía y ahora vivía con nosotros, alguien más que dependía (por lo pronto) al 100% de nosotros, de MI. Fue paralizante ese instante, fue aterrador saber que ahora llevábamos ese legado de cuidado y debíamos mantener viva a esa pequeña bebé.

Yo me sentía muy feliz,  y al mismo tiempo tenía mucho miedo, mis pensamientos eran cosas como: “todos se fueron, todos continúan sus vidas donde se quedaron, todos pueden salir de aquí sin más, excepto yo” “yo soy su alimento” “su vida depende del cuidado y atención que le brinde” y fue abrumador, constantemente lloraba sin saber por qué y luego me sentía culpable por hacerlo pues se supone  debía estar agradecida y feliz. Y si lo estaba, es solo que jamás en mis 24 años había tenido una responsabilidad tan grande como esa.

Todo pasó, afortunadamente viví el posparto acompañada y fui asimilando cada sensación, dejando pasar cada pensamiento y disfrutando cada día de esta nueva etapa llamada “siempre acompañada”.

Ahora ya tengo una segunda bebé y las sensaciones se tornan similares, aunque nunca con la intensidad de aquella primera llegada. Es por esto que elegí como título de este texto “SEMPITERNO” que significa: que dura para siempre, que, habiendo tenido principio, no tiene final…

Los hijos y las hijas llegan para quedarse, lo más seguro es que nunca se vayan de nuestras vidas, pero el camino a su lado suele ser cálido, intenso, extremo y muy divertido.

Tal vez un día, mis hijas dejen de verme como su madre y me miren solo como una mujer más, eso sería una recompensa gentil, pues el ser madre suele cargarse también de culpas, juicios y un constante dar que a veces no sentimos tenga fin. Por lo pronto, yo sigo siendo la madre de dos y viviré en el intento de ser compañera, de ser escucha, de ser garante de sus derechos, de ser el puente que las conecta a sus deseos, seré espectadora, de ser un lugar seguro para ellas y estaré aquí disponible.

Paloma Castillo

Educadora y Co-fundadora de Matatena A. C. Asesora de porteo y amante de la danza.

DEJA UN COMENTARIO