¿DE DÓNDE SALIERON LAS PIEDRAS ROJAS?

Por Liliana Contreras

 

La pregunta de cada día cuando llegamos a casa y le quito el tenis a ChuyCarlos es: ¿de dónde salieron las piedras rojas? Calcetines blancos (ahorra marrones) y un pequeño puñado de corcho del patio de la escuela, que para él son piedritas rojas. Entre más sean, su risa es mayor. Se arquea al burlarse de mi cara, cada vez que le hago la pregunta, con los ojos bien abiertos. A veces, con las prisas, olvido preguntarle y viene él solo con su puñito en la mano, para recordarme, y sale corriendo para que lo persiga. Si ando descalza en la casa, las siento por todos lados. Salen en la lavadora, salen en la mochila, de la cajuela de un carrito de juguete.

Un día, las piedras salieron de la boca de un enorme dinosaurio que se cayó en un pozo, porque iba corriendo de un perro que lo perseguía para comérselo. El pobre tiranosaurio estaba llorando mucho, asustado, mientras escurrían piedritas rojas por su boca. Así lo entendí. Otro día, se cayeron del plato de comida de los niños de la escuela, que estaban preparando un rico pastel para compartir en el recreo. Un puñado de ellas, vinieron con nosotros de la playa, porque un barco las dejó en la orilla del mar para que ChuyCarlos las regresara a la escuela.

Pienso en la felicidad y no se me ocurre otra cosa, más que mi hijo de un año enseñándome a disfrutar una canción, agarrando mis manos para que esté totalmente atenta a él, mientras me da una mordida con sus cuatro dientes o mientras intenta quitarme un lunar de la cara, con sus pequeñas y filosas uñitas de bebé.

Pienso en la felicidad y veo a mi hijo de tres años tratando de escuchar la lectura del día, mientras inventa una nueva historia de cada frase que le leo: si Bastián entró a la librería y dio un portazo, él me dice que dio el portazo y se cayeron todos los libros y salió corriendo porque el dinosaurio (el de las piedras) se lo quiere comer y ¡púmbala!, le pegó.

Cada vez que me piden “un ratito más” de juego, de arena, de saltos, de lectura, de primas, de abuelos y hasta un ratito más de leche con chocolate, me doy cuenta de que esos ratitos son los que componen el todo. Leí en Internet una definición de ratito de la que me enamoré y les comparto:

Ratito, mx.- Porción infinita de tiempo.

Si la maternidad nos convierte en personas un poco más cursis, no lo sé. Lo que descubro es que mis hijos, de uno y tres años, saben más de la vida, del amor y de la felicidad que cualquier adulto que conozco. Porque, ¿qué otra manera de definir la felicidad que pensando en vivir, disfrutar y tratar de extender esos “ratitos” de lo que nos hace sentir plenos, seguros y completos?

Ratitos de una hora, de tres días o de un ciclo escolar completo, en que seguimos sin explicarnos de dónde provienen las piedritas rojas. Mientras, seguiremos investigando.

Liliana Contreras

Trabajadora y estudiante eterna de la neuropsicología infantil. Coordinadora del Centro de Atención a Niños con Necesidades Educativas Especiales, escribe para no olvidar y es parte de Matatena de Saltillo, A. C. coordinando el proyecto Las mamás también queremos trabajar.

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