Llamados puntuales

A Sofía, por supuesto.

Por Claudia Berrueto

 

En mi casa paterna crecí hojeando unas enciclopedias que siempre me parecieron maravillosas. Me gustaban su olor y su textura, imaginaba que esos volúmenes en mis manos eran pequeños muebles, olían a madera. La mejor era la enciclopedia de Time Life. Cada volumen estaba ilustrado con las fotos más impresionantes que he visto hasta el día de hoy. Aún la conservo y regreso a ella. Es mi puente instantáneo hacia la infancia y, si es verdad aquello de que “a un niño no hay que explicarle nada, al niño hay que hechizarlo”, como dice Marina Tsvietáieva, el encuentro con los libros fue mi hechizo, y continúa intacto desde entonces.

En la adolescencia tuve uno de los encuentros más afortunados con un libro, que conforme ha pasado el tiempo, se me ha convertido en un “pequeño gran mueble” cada vez más orgánico y entrañable:Una habitación propia, de Virginia Woolf; un ensayo monumental que llegó a mí para hacerme comprender que el acto de escribir es el acto de multiplicar la vida. Conformado por una reunión de conferencias que Woolf impartiera en 1928 en un par de universidades inglesas a las que sólo asistían mujeres, fue publicado un año después. En él habla, básicamente, de cómo una mujer debe prepararse para asir su libertad de crear arte en un mundo dominado por hombres.

Este llamado de Virginia llegó puntual a mi vida. Mi hija llegaría del mismo modo cuando yo tenía 17 años.

La poesía ha sido mi poderosa y lumínica parcela de libertad de pensamiento, de deseos, de ideas, de temperamento, de comprensión. Un espacio que goza de una soberanía total en el que me gustar dudar, cuestionarme, emprender búsquedas y ver lo que solamente yo puedo revelar para mí misma; en la poesía he aprendido a labrar mi congruencia, habitar mi idioma y ver esa materia con la que se fortalece mi vida interior, mi voz, mi cordura, pero sobre todo mi pertenencia a mí misma.

La maternidad no está muy lejos del oficio de la escritura; también ha sido un extenso territorio de aprendizaje duro y de belleza. La crianza es el más demandante de los trabajos y el más hermoso, pero para lograrlo las mujeres que hacemos esta labor solas tenemos que dividirnos más, ser conscientes del otro, considerar todas sus necesidades, tomar decisiones y brindarnos cada día a lo que venga, analizando, sorteando vicisitudes sin perder en ningún momento la necesidad del trabajo creativo, haciéndole un espacio siempre, ya robándolo, ya inventándolo.

Ahora que se habla tanto del empoderamiento femenino, no hay que soslayar jamás que en nuestro país, la respuesta ante tantos hogares sin padre, la han dado las mujeres siempre sin aminorarse. Estas reconstrucciones dolorosas que las mujeres han hecho cada día, todos los días, parecieran invisibles a los ojos de muchos. Y es una verdadera tristeza que ante esta brutal realidad la equidad brille aún como una estrella distante.

A galope entre la escritura y la maternidad, la gran fortuna de conocer la obra de Woolf nunca me ha abandonado. Esta mujer que luchó encarnizadamente contra la locura, nos ha dicho que debemos construirnos una identidad propia dentro de nuestra vocación a pesar de los pesares, quizá pagando un precio demasiado alto, quizá sin que nada suceda, pero resaltando en todo momento la importancia que tiene la libertad en alguien que desde el mundo interior edifica vidas y derroteros.

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