UN CUARTO DE SIGLO EN LA ESCUELA

Por Liliana Contreras

Haciendo cuentas, he estado en la escuela el 70 por ciento de mi vida. Desde el kínder Apolonio M. Avilés, en 1985, hasta la Universidad de La Rioja en 2018. En su mayoría, han sido escuelas públicas y tradicionales. Sin embargo, me considero una autodidacta. Aprendí a tejer con gancho con tutoriales en YouTube. De igual forma, aprendí a hacer quequitos en el micro, usando una taza en lugar de los típicos moldes, porque con la batidora jamás logro que esponjen. Cuando inicié mi negocio, yo misma hice un video informativo para publicitarlo. He hecho infinidad de imágenes ofreciendo servicios y, en estas últimas fechas, y ya con un buen de canas, estoy aprendiendo (o intentando aprender) a realizar un proyecto de inversión.

Este recuento me lo he narrado mentalmente varias veces y me resulta importante por dos cosas.

La primera. Creo firmemente en el poder de la educación. Mi mamá no tuvo la oportunidad de ir a la escuela, a causa de una hermana mayor que, aún con estudios de secundaria, se fugó con el novio. Mis abuelos creían que el destino de una mujer era casarse y tener hijos, así que sacaron a mi mamá de la primaria (creo que de segundo). Ya adulta, la terminó en el INEA, con mi hermana mayor como tutora. A raíz de esto, sintió la necesidad de que nosotros tuviéramos “estudios”, por si nos divorciábamos, tuviéramos de qué vivir. De cuatro hermanos que somos, los cuatro terminamos una carrera y, en mi caso, posgrado. Nuestra vida ha sido diferente a la expectativa que se pudiera tener, pensando en el nivel de estudios de mis padres o de mis primos maternos y al hecho de que provenimos de familias humildes de Chiapas y Michoacán. Todo gracias a la escuela.

La segunda. Mi formación más significativa ha sido la que me dieron en casa. Amo estar en la escuela, pero fue en mi casa o en mi entorno, en donde aprendí que lo más importante en la vida es aquello por lo que nos esforzamos y luchamos. Tengo la certeza de que si hoy, cerca de mis 40 años, quisiera estudiar medicina o sistemas computacionales, podría hacerlo. Esto no me lo dijeron en la escuela, me lo demostraron mis padres, quienes cambiaron un panorama adverso por una oportunidad de crecimiento. Fue ahí donde me dijeron que la única forma de hacer las cosas, es hacerlas lo mejor posible, según mis posibilidades, según quién soy y qué recursos tengo para ello (en palabras de mamá: aunque sea una mentada, pero bien hecha). Tuve que tolerar la frustración no una, sino cientos de veces. Perdí en el maratón y lloré o me enoje cada vez. Perdí muchos partidos de basquetbol (contra el Vivir, cómo olvidarlo) y nadie se compadeció de mí, tan solo me iba con la idea de que el siguiente año lo tendría que hacer mejor. Me aburrí todos los veranos en casa y de ese aburrimiento salió el “club” que hacíamos mis primos y mi hermana menor; los concursos de canto que andan grabados en un casete perdido; las fiestas de no cumpleaños a las que invitábamos a las vecinas. Tuvimos varias tiendas, hacíamos comidas de “a mentis”, corríamos descalzos a la papelería en pleno calor de Ciudad Acuña.

Podemos valorar las oportunidades que tenemos en México para educarnos. Podemos quejarnos de ellas. Tenemos la oportunidad de una educación pública, tenemos, en algunos casos, acceso a la educación privada o al aprendizaje autónomo. Hay alternativas y nosotros las elegimos. Lo que no hay que perder de vista es que, como padres, como profesionistas, somos responsables de nuestra propia formación y de la de los nuestros. ¿Somos más o menos responsables de acuerdo a nuestro nivel de estudios? En lo personal, asumo que sí.

Mis hijos disfrutan de un aburrido verano en casa. Y me siento orgullosa de escuchar las historias fantásticas que nacen del aburrimiento, las cuales les compartiré pronto. Cuando regresan de la escuela, también me siento orgullosa de que han aprendido algo nuevo, que estando en casa no lograrían. Espero que este regreso a clases, seamos más conscientes de ello. No nos preocupemos si nuestros hijos llevan la misma mochila que el año pasado. Mejor, preocupémonos de que un niño más feliz, más preparado y con más herramientas personales regrese a clases. Démosles la oportunidad de que jueguen, de que se frustren y se aburran. Eso hará nacer su creatividad y de su creatividad surgirán estrellas.

Liliana Contreras

Psicóloga y Licenciada en letras españolas. Cuenta con un Máster en Neuropsicología y una Maestría en Planeación. Se dedica a la atención de niños con trastornos del desarrollo. Fundó el centro Kua’nu en 2012. Ha publicado en la revista La Humildad Premiada, Historias de Entretén y Miento, La Gazeta de Saltillo, en los periódicos Vanguardia y Zócalo de Saltillo. Colaboró en el libro Cartografía a dos voces. Antología de poesía (Biblioteca Pape & IMC, 2017) y, actualmente, escribe para la revista NES, en la edición impresa y digital.

DEJA UN COMENTARIO

LECTURAS RELACIONADAS